Relatos confinados #3

Otro escenario más. Un barrio al sur en un distrito norte. Siempre buscando la contradicción, ya veis. Aún no sé qué haré con mi vida. Quizá debería dejar de repetir este mantra, pues yo sé que no ayuda en nada y además, ¿quién necesita saber lo que va a hacer? ¿Por qué esa manía de anticiparnos, de enredarnos, si las cosas se van desdoblando ellas solas? Recuerdo una vez, una chica canaria me dijo que los madrileños no sabemos estar quietos, que nos sentimos mal por pasar una tarde tirados en el sofá. Francamente a mí me encantan los momentos de relax, odio el estrés y el sistema capitalista en el que vivimos, disfruto con los pequeños placeres de la vida como un baño de espuma, encender una vela o tomarme una copa de vino. Sin embargo, resueno con dicho enunciado a nivel mental: siempre estoy psicológicamente inquieta. Cuando estoy tumbada, estoy inquieta. Cuando me acuesto, tengo insomnio. Aprieto la mandíbula, así que he desarrollado el hábito de dormir con la boca totalmente abierta, para evitar esto (feeling sexy). A no ser que me proponga respirar de manera proactiva, lo que ahora llamamos mindfulness, podría jurar que respiro de manera superficial, acelerada. Estoy pensando que no sé quién soy: lo que estudié, lo que trabajo, lo que hago en mi tiempo libre, lo que querría llegar a ser. ¿De verdad necesito una etiqueta? Cualquiera me diría la respuesta más sencilla, “eres todas esas cosas que conforman el puzzle de tu vida”, pero no puedo hacer más que discrepar, porque las cosas que hacemos sin que nos guste hacerlas no nos definen en absoluto. Nos define el corazón, lo que late dentro bien fuerte, sea expresado en el mundo exterior o no. ¿Cuántas personas han tenido un desmesurado talento para la música y la pasaban regentando una tienda? ¿Cuántos pintores habrá que cultivaron la tierra toda su vida? Quizá seamos lo que sentimos cuando estamos completamente solos. Quizá somos más la semilla de lo que podemos llegar a ser que la maceta medio llena de tierra que vemos ahora. No, este argumento no es válido. Esta forma de pensar solo alimenta mis ideas fantasiosas de la vida que anhelo y por eso me digo que soy mi futuro, pero todos sabemos que el presente es lo único que existe. Me gustan los cambios. Llevo una semana en este barrio y hoy he caminado con mi perro durante 59 minutos hasta llegar a un barrio distinto. Me conozco y sé que en cuanto mis ojos se acostumbren a este entorno, dejará de interesarme. Y no por aburrimiento, sino porque en realidad lo único que me gustaba de él era que era diferente (otra vez) y en cuanto se convierta en el pan de cada día ya no sabré a qué aferrarme para no salir corriendo. Anoche cené pizza y hoy voy a repetir, aunque no he tenido ganas de limpiar el horno así que no sé cómo calentaré las porciones. Por cierto, hoy he aprendido que los miedos se contagian. Ahora que he estornudado dos veces seguidas después de escribir esto, espero que sea el miedo lo único que me contagie por el momento. Olvidaba comentar que seguimos en pandemia, saliendo a la calle con mascarilla. ¡Ah! Y anoche acompañaba la pizza con un programa sobre viajes. “Españoles por el mundo”. Lo he visto muchas veces y siempre he querido ser yo la protagonista, pero la sensación de ayer fue diferente. No era ilusión, cosquillas, no eran mariposas por lo que podría ser. Era como una especie de “hasta aquí hemos llegado”, “¿quieres seguir aquí tumbada viendo el mundo a través de un televisor?”, “¿de verdad tiene que irse otro a vivir a Costa Rica para que te enteres de cómo se está por allí?”, “si en los años 70 un andaluz pudo emigrar a Australia, ¿cómo no vas a poder tú?”, “espabílate, anda, empieza a mover el culo”, vamos, que me daban ganas de apagar el programa y dejar de viajar virtualmente, porque no quiero conformarme con eso. Ayer coincidí con una furgoneta hippie, de las antiguas, en 3 calles diferentes. La misma. Al principio pensé que sería de publicidad, de alguna empresa… pero no lo era.

Sin título

No es el momento de acomodarse.
Es el momento de incomodarse.
De salir de la zona de confort.
De moverse.
De explorar.
De probarse a uno mismo.
De salir a abrigarse contra el frío.
De no aburrirse.
Neguémonos a sentirnos aburridos nunca más.
El aburrimiento es un vicio
que nadie debería consentirse.
Porque la vida es un regalo
y aburrirse es desperdiciarlo.

Aceptar

«¿Y qué sucede cuando entrenamos la aceptación para convertirla en un enorme músculo? Reducimos el sufrimiento. Los que aceptan más, sufren menos; y los que aceptan menos, sufren más. Por tanto todos deberíamos trabajar nuestra capacidad de aceptación. ¿Cómo? Usando, cada vez que llegue un revés, estas dos palabras mágicas: BIENVENIDO, MAESTRO.»

Los 88 peldaños de la gente feliz
Anxo Pérez

Relatos confinados #2

Qué vergüenza, ya me he abierto la segunda lata. Me encantaría mirar por la ventana y ver a alguien en el balcón de en frente disfrutando de cualquier bebida alcohólica. Así no me sentiría una borracha y una fracasada. Me río sola, de la frase anterior, tan dramática, así que la cerveza está haciendo su efecto. Mi amiga me acaba de mandar una foto del mar. Todos los madrileños llevamos de serie la falta de playa, supongo. ¿Seré capaz de hacerme algo de cenar después? Me estoy inflando a patatas fritas y cacahuetes, no sé. Por cierto, hay un indio debajo de casa que se te cae la baba. Un restaurante, malpensados. El frutero de la anterior casa en la que viví era de Bangladesh, cerca de India, y una vez pretendía casarse conmigo, en plan broma, o que le encontrase un contrato de trabajo ficticio. Qué cosas oye. Y claro, ni la una ni la otra. Lo cual me hace recordar al chico argentino, que me dijo que qué maneras se me ocurrían a mí de que él se viniese a Europa de manera indefinida. Después de años hablando, me sale con esas. Qué pequeña decepción. Otro amor frustrado. De todas formas, ¿por qué nos empeñamos en encontrar a nuestra media naranja? Tengo una amiga que tiene absoluta obsesión por ello. Hoy su plan era irse a casa de una amiga, donde estarían ellas dos, el novio de la amiga y 7 amigos del novio. Vaya trabalenguas, para que lo entiendas, que van 7 tíos solteros y su amiga se ha acordado de ella. Creo que prefiero que me envíen fotos de la playa a esto. Ojo, que no me parece mal, simplemente me pregunto por qué el ser humano insiste en encontrar una tuerca para su tornillo, un segundo a bordo de la cama, un anillo que llevarse al dedo en definitiva. Sé que el amor mueve el mundo y todo es mejor cuando hay un amor (del bueno, no del romántico) con quien compartir el día a día. Pero esto no me parece amor, me parece el juego de Pokémon intentando cazar bichos. Que manía con sentirnos incompletos si no nos casamos y tenemos hijos. Es que es muy fuerte, pero hay personas que se ponen inclusive una edad límite. “A los 30 quiero mi primer hijo”. ¿Pero tú estás loca? ¿Loco? ¿Por qué tratas tu vida como si fuese un calendario de Outlook? Madre mía, que te arriesgas a que eso tan importante, un hijo, te lo de cualquiera, aquél al que pilles en ese momento pasando por tu vida. Ojo, que te arriesgas a llegar tarde a la reunión que te has agendado en el Calendario y a cargar con ese peso enorme denominado maternidad frustrada que en realidad no existe, pero que tú te has autoimpuesto. Me hace gracia, porque los mismos que buscan casarse antes de los 30 son los que no tendrían un hijo si se quedan embarazados a los 29. Ridículo. Yo no busco un marido, pero si me quedase embarazada ahora, a mis 28, o lo hubiese hecho a los 25, habría tenido a ese bebé bonito. ¿Dónde está la emoción sin la improvisación? Que así no, que no está bien, que a ver qué harías tú ahora con un hijo, si no puedes ni vivir sola, que tienes que compartir piso. Coño, pues cambiaría de vida. Claro, es mucho mejor que tu hijo sea fruto de tu labor de secretariado, de organizadora profesional de vida, que de un momento mágico en que de repente esto llega. Qué locura que la vida te sorprenda y decidir sobre la marcha, ¿no? Con lo bonito que es tenerlo todo planificado, casarte a los 25, pagar la entrada de un piso, tener tu primer hijo a los 30 y que te de tiempo a que le quede la habitación bonita. Pero por favor. No me quiero poner romántica, creo que lo soy y recientemente he descubierto el daño que nos hace el amor romántico. Pero, ¿de verdad que no vamos dejar nada en manos del destino? Ya sé por qué estoy aquí hoy sola, bebiéndome ya mi segunda cerveza en casa. Porque hoy no habíamos planificado una quedada. Les he dicho a mis amigas que me encantaría simplemente poder bajar a la calle sin previo aviso y coincidir con ellas para tomar una cerveza rápida. ¿Es esto mucho pedir? ¿Tenemos que organizarnos con 48 horas de preaviso? He hecho mis esfuerzos últimamente y hasta he asumido que la visión y la planificación son necesarias en absolutamente todo para conseguir lo que queremos, para tener buenos resultados. Lo sé. Si quiero ver a mis seres queridos, tengo que planificar. Si quiero comprarme una furgoneta, tengo que planificar. Si quiero irme de viaje al otro lado del mundo, me tengo que vacunar 3 meses antes. Pero y la chispa de la vida, ¿qué? Hacer de nuestra vida un libro autoeditado. Supongo que es lo que nos queda a los que nos salimos de lo mainstream.

Relatos confinados #1

Y si me emborracho yo sola en casa, ¿qué?
¿Por qué nunca lo hacemos?
Vale que nos bebemos alguna cervecilla on our own, pero ponernos como Las Grecas solos no está de moda. Se supone que si lo haces (una vez), ¿pasas a ser alcohólico? Yo te digo que después de tantos días sin salir, con dos cervezas hoy, en casa, estoy como una cuba. De momento ya llevo una. Suelo moderarme cuando lo hago indoors, no por evitar chisparme, sino por tratar de ser healthy. “Tía, una vale, de buen rollo, con tu aperitivo. Pero dos ya, sola, es de ser una colgada”. Ay, qué pereza me doy cuando me hablo así. ¿Por qué no puedo hacer lo que me de la gana sin tener por ello que ponerme un código de barras? Qué pesados somos con el etiquetado. Te digo yo que después de esta me tomo otra, por mis narices, por hablarme así.
También estaba pensando, mientras disfruto de este zumo de cebada, que prefiero sentirme sola cuando estoy sola que querer estar sola cuando la compañía que tengo no es de mi agrado. Me imagino que me toca confinarme con aquél tío con el que estuve y me dan los siete males solo de pensarlo. No jodas, tú. 24 horas de discusiones. Te digo yo que me perdería a mí misma. Además, fijo que él estaría haciendo deporte a todas horas, tirado en el suelo con su esterilla, y yo tirada en la cama comiendo techo pensando en qué coño hacer con mi vida. No soy muy práctica, lo sé. Pero, ¿y lo a gusto que estoy daydreaming cuando me da la gana sin sentirme inútil por ello? Cuando alguien hace cosas productivas a tu lado, ahí es cuando te comparas y te sientes un saco de interrogaciones que no hay por dónde cargarlo. Lo sé, estaréis pensando que entre ambos escenarios hay un tercero: que tu compi de vida sea la hostia y que estés mucho mejor en cuarentena con él o ella que tú solo. O sea, yo lo veo. Lo veo viable. Pero qué quieres que te diga, no me ha pasado. Ay qué hago, ¿me abro otra birra?

No te rindas

No te rindas,
aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido
y porque te quiero.

Porque existe el vino y el amor,
es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo,
porque ésta es la hora y el mejor momento,
porque no estás sola,
porque yo te quiero.

Mario Benedetti

Sin título

Hoy ha sido un día muy emocionante. Supongo que como todos esos días en los que estás inmerso preparándote para los grandes cambios que se vienen. Los cambios traen aparejados más cambios. Porque cuando mueves la primera ficha de dominó, caen muchas otras. El Universo habla este idioma, el que no tiene palabras, el lenguaje del alma y cuando escucha cómo ésta empieza a gritar, responde. Alto y claro. Cuando ve que das, cuando entiende que estás abierto a recibir, lo hace llover. Millones de gotas caen sobre ti, quizá también brotan de tus ojos en señal de que estás vivo, vibrante. Quería decir que he dado un valiente paso al frente -en realidad, no existen los cobardes pasos, sino la ausencia de ellos- y me adentro una vez más en la incertidumbre del “qué será”, saliendo del “lo que pudo ser”, porque siendo ambas dos complicadas, prefiero precipitarme hacia el vacío a que sea el vacío quien me llene a mí. El resultado último no importa porque ya hay muchas consecuencias por el camino, como las manos tendidas para ayudarte en el proceso, las que no descolgaron el teléfono, los aprendizajes resultantes de cada prueba y error y sobre todo un mundo de posibilidades que se abre ante nuestros ojos. Empaco mis cosas, tiro, hago y deshago, café, música y un mensaje inesperado que leo pasados once minutos de las seis de la tarde. Sin entender por qué me están pasando tantas cosas en estos días desde que decidí salir de donde el Universo me estaba claramente echando, comprendo perfectamente lo que está ocurriendo: no sé qué es, pero se avecina algo nuevo.

Sin título

Estoy aquí. En Madrid.
Tengo sueño, se me cierran los ojos.
La ventana de madera, la persiana antigua enrollada sobre sí misma.
Tres cactus, el incienso y una vela dentro de un barquito de bronce.
La brisa de la ciudad llega desde los jardines de Atenas, pasa por la Almudena y atraviesa el Viaducto arriba, hasta llegar al número 24.

Y en el quinto, yo.

Tumbada en la cama, mi perro duerme tranquilo encima de la suya.
Estamos las dos juntas, solas, en esta habitación alquilada.
Barrio de La Latina.
Pasada la medianoche el silencio se hace hueco, apenas alguna moto se oye desde aquí arriba.
La llama de la vela titila, me habla, baila ante mis ojos cansados. Parece nerviosa, pero creo que me saluda. Quiere que me concentre en ella, para así relajarme.

Aún no sé qué me falta, no sé qué me sobra.

Veo el burro con mi ropa colgada. Aquí no hay armario.
Pienso que quiero hacer limpieza, tirar ropa, apartar cosas.
Pero hay cosas más importantes que deberían ser apartadas.
Aunque haya dormido mucho, parece que he dormido poco, como estas últimas semanas en las que mi tope eran 5 horas de sueño.

A veces este cansancio da paso a un relax total.

Parece que lo empiezo a sentir. Pero puede ser un espejismo.
Sé que mañana despertaré con un globo en el estómago.
Con un cronómetro en el pecho.
Cuenta atrás activada.
Bomba sin explotar.
Doy un trago más de agua y le doy al play del siguiente capítulo.

Morfeo, ¿me abrazas?

Madrid, 2018